martes, 4 de diciembre de 2018

Moskstraumen

Michelangelo Antonioni. “Identificazione di una donna”. 1982


















"All we ever wanted was everything
All we ever got was cold…"


El drama de la representación fílmica cobra inusitada veracidad en la experiencia propia, un arte infiltrado en los intersticios de la carne, de la sangre, de lo táctil. En la imposibilidad de la comunicación e incapacidad para plasmar el discurrir sincrónico, en secuencia jalonada de pequeños relatos condenados a diluirse en las aguas de lo indeterminado, lo inconcluso, una previsibilidad que acumula más incertidumbre al reto vital.
La búsqueda de un ideal se convierte en suerte de pálpito realista, convicción de que los obstáculos no son más que atrezzo en esa desesperada aspiración hacia la felicidad. Una autoestima estética-ética, vital, ajena a los intereses prosaicos de los productos del post-capitalismo más acelerado.
Esa constante lucha sisífica, que hace de motor y cortafuegos a lo sensato, donde las palabras apenas alivian el dolor, donde los objetos pasa a ser fantasmas inanimados de seres, aparentemente reales, que un día fueron fuente de admiración y deseo. La práctica en la superficie de una simulación pródiga ajena al desaliento, en los que el panorama de evocaciones convergen en un dictamen desolador. La práctica de la repetición y la diferencia, cajoneras repletas de pequeños objetos inútiles, cabezas de unicornio y trofeos de cetrería humana ajenos a la empatía elemental.
Qué es lo que somos si tan sólo nos quedan las palabras y las cosas. No siempre es útil comprender. Ternura precocinada.

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